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miércoles, 20 de enero de 2016

Otoño sin desayuno (diarios del sur)




Marzo 18/ 2015.
 

(en el taxi del aeropuerto a la casa). Los barrios se me asimilaron a calles colombianas de tierra caliente y sus casas de arquitectura vernácula de los 70, que por alguna razón me hicieron pensar en Montería, Girardot…y tal vez en Cali…Los autos que veía eran modelos que no llegaron a Colombia, como Chevrolet Impala V8, Renault Fuego y un modelo Renault 4 más viejo que el famoso. En las paredes frases de amor con los nombres más comunes de Argentina: ‘Ailen’ ‘Florencia’ ‘Franco’… y así mismo, grafitis en color azul y negro con la palabra ‘Matador’. Tengo emoción hasta de hacer siesta.

martes, 27 de enero de 2015

El sol marrón de Acandí


2014



Otro día laboral empieza al frente de las tiendas donde venden Costeñita y prestan servicio de baño a 500 pesos sólo para orinar. Un experto en preparar jugos para la impotencia, descalzo y advirtiendo que iba a pagar en otro momento, se acercó para pedir hielo, ingrediente esencial para sus famosos jugos que consisten en cola granulada, vino sansón, borojó y huevo de codorniz.

Luego llegó el caminante, un tipo alto, de mirada penetrante y en estado de ebriedad. Tras dar a los transeúntes y turistas, percepciones de la vida, hizo un gesto altivo y preguntó con tono de profesor: “¿en qué barrio queda en la calle 19 con carrera 19??”. Ante las respuestas erróneas de las pocas personas que le prestaban atención, prosiguió: “el barrio se llama Santa Fe” “¿qué barrio queda en la carrera 19 con calle 151??”. Sus preguntas no parecen ser escuchadas por un anciano que mira con seriedad y atención jugadas de Messi en el televisor de la tienda, como en un estado de hipnosis. Según el tendero “al caminante ni los negros lo quieren porque está loco”. Luego, el amanecido, como si fuera un niño que tuviera miedo de perder algo, expresa con nostalgia, mirando hacia un punto en el cielo: “yo habría llorado si no hubiera conocido Bogotá”.



Minutos después, cruzando la calle llena de huecos y de comerciantes, turistas, habitantes de la zona, entre otros, esperan para el llamado a abordar a las lanchas rumbo a Capurganá.

En la bahía rústica y llena de gente que abre paso con sus costales o maletas grandes, una urabeña sin megáfono llama lista a gritos para el ingreso. Dos policías se encargan de verificar las cédulas, procedimiento para comprobar que no haya personas que busquen llegar ilegalmente hasta los Estados Unidos. Botellas viejas de whisky imitación de Old Parr, botellas de agua y de té, flotan siendo parte del paisaje. Los barcos pesqueros y de mercancía, grises, lúgubres, con formas cuadradas y barandas de madera desgastada, atracan o zarpan silenciosos cerca a las lanchas. El óxido de su fachada combina con el tono marón y gris del pueblo de Turbo.


Las lanchas con su pintura desgastada salen del puerto contando con un tiempo de marea alta que prima en diciembre y enero. Muchos chalecos tienen los broches dañados. Las maletas de los pasajeros se amontonan en la popa sin haber un compartimento especial para meterlas. Una bicicleta de niña es puesta encima de todo el equipaje sin ser amarrada. El conductor, con gafas oscuras y con guantes de montar bicicleta, maneja con una amplia sonrisa incluso cuando los saltos y la turbulencia empezaban a poner nerviosos a todos los pasajeros.

El ayudante, descalzo, se pasea hábilmente entre la popa y la parte de atrás. Sus pies grandes articulan los dedos de manera que parecieran dos manos sujetando los bordes de la lancha sin ser mínimamente sacudido por los saltos. Tras la ruptura de un espaldar del puesto delantero, una muchacha sufre un ataque de nervios halando al ayudante con sus manos implorándole que fueran más despacio. El sólo se limita a decir: “ya vamo a llegar”.
Las tormentas del golfo de Urabá son violentas, de gotas gruesas y abundantes. Pueden durar entre cinco y ocho horas. A pesar del clima que se desata, los habitantes del pueblo junto con europeos radicados en el pueblo, saludan amablemente ofreciendo el servicio de clases de buceo y hospedaje.

El pueblo cuenta con alrededor de trece hostales a precios bastante razonables. Entre $15.000 y $50.000 la noche, algunos de $15.000 pesos, incluso, con baño dentro de la habitación. Los almuerzos son la dieta típica de las costas; patacón, arroz, ensalada, pescado al gusto, sopa de pescado, limonada hecha de panela y mango, y como aderezo, limas de tamaño pequeño en vez de limones. Estos tienen un costo promedio de $10.000 pesos en casi todo el pueblo.

La lluvia hace que muchas calles se inunden, algunas de ellas, calles empedradas. En dichas piscinas marrones los niños juegan normalmente o siguen su rumbo despacio en bicicleta, como si esa lluvia épica fuera el equivalente a sentir viento en la piel, una postal típica del Chocó. Dichas calles se adornan de locales de sandalias, camisetas del Atlético Nacional, imitaciones de grandes marcas, venta de carcasas y recargas de celulares y negocios de Super Giros del Chocó. Los restaurantes de comida rápida no preparan los perros calientes con la misma agilidad que en Bogotá. Su preparación puede durar quince minutos.

Las playa principal, suele tener sillas disponibles, siendo propiedad de nadie, y así mismo son usadas por los que las necesiten sin esperar el típico acoso cartagenero por el costo del uso. Son mínimos los vendedores ambulantes y en ocasiones inexistentes, salvo alguna que otra mujer que sutilmente ofrece servicio de masajes.

La discoteca del muelle y en general todos los bares de la playa ponen vallenatos, champetas y reguetones, la mayoría, cantantes desconocidos en Bogotá.

En la panadería con televisor, al frente de la cancha de fútbol casi siempre inundada, se encuentra reunida una cantidad considerable de personas, todos, con sus respectivas camisetas del Nacional de Medellín. Sentados en sillas Rimax desde fuera del local, presencian la final de la copa Suramericana. Algunos hinchas intentan callar respetuosamente y con pocas palabras al pesado del barrio que silba a modo de celebración y jocosidad el segundo gol de River Plate. Otros simplemente lo ignoran dando bostezos a modo de resignación. El equipo millonario se coronó campeón.

¿A qué le temen los habitantes de dichos pueblos? A pocas cosas. Tampoco tienen muchos mitos, salvo lo que algunas abuelas cuentan a sus nietos sin tener las historias de espantos como algo arraigado. Frente a la playa en una caseta, una muchacha que prepara con su mamá y hermano cocteles coco loco a base de panela, café y ron Medellín, dice que la única historia que se conoce es la del espanto que se pega en el pelo de las mujeres que nadan en el mar para luego ahogarlas.

Carlos, de unos quince años, que suele venir a Capurganá a diario a visitar a su hermano, reafirma que no se cree en nada supra natural. Mientras observa el hotel abandonado estilo arabesco que se presume, era de un narcotraficante, dice “hay que tenerle miedo es a un pelado que hace maldades aquí en el pueblo y que está loco” lo dice en tono jocoso mientras que sus amigos se ríen y murmuran sobre la persona en cuestión. “Igual, mami, aquí tampoco nadie puede hacer males. Al que roba le va mal. Ya sabes”.

A Sapzurro se va a pie, atravesando la montaña o en las lanchas que llevan por $7.000 pesos. El pueblo es muy pequeño y con mucha menos gente. Hay lotes de fincas, cuyos dueños alquilan para acampar. El costo es igual al de una noche en un hostal en Capurganá, con cocina y baños, y si se desea, ordenar preparación de almuerzos por $15.000 pesos. También hay construcciones en madera y caña que utilizan como comedores para vender almuerzos. Más adelante hay mercados; uno de ellos donde según el dueño no vendía huevos porque se rompían al ser llevados al pueblo. El pueblo tiene un terreno más blando, es decir, muchas calles o senderos quedan atrapados por charcos hondos que rodean las casas, muchas de ellas decoradas con bodegones y grandes televisores modernos.


En la pared de una cuadra oscura y solitaria se encuentra una pintura esmerada y aparentemente reciente, del escudo de Millonarios de Bogotá, sin haber visto en la región, o incluso desde Medellín, señales visibles de algún chocoano o paisa hincha del equipo embajador.
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La única discoteca del pueblo es en un muelle y tiene un cover de $2000 pesos consumibles. Predomina la venta de cerveza Old Milwaukee y el ron Abuelo. La policía pide amablemente de no dejar botellas tiradas en el piso. Las lanchas estacionadas boca abajo en la playa principal suelen servir a los visitantes para poner a secar sus toallas.

Metros más lejos, por el sendero de la playa pasando obstáculos de piedras marítimas, una mujer argentina mudada hace más de veinte años, tiene su hogar; una cabaña playera de ensueño, donde también vende vinos artesanales, presta servicio de baño ecológico y cuenta con un pozo natural de agua de mar donde las personas llegan ahí a bañarse.

A La miel-Panamá se llega en quince minutos desde Sapzurro por unas empinadas escaleras con la bandera de Colombia pintada sobre todos los escalones. En la cúspide un militar panameño pide la cédula o el pasaporte, anota nombres y hora y devuelve los papeles sin mayores complicaciones. La Miel es un pueblo rústico y enigmático. Unos baños de cemento abandonados que quedan al borde del mar lo hacen ver por un momento como un pueblo fantasma. El agua del mar es transparente y la arena de la playa hace honor a su nombre, Playa blanca.


En una estación de policía son requisados pasajeros de lanchas para verificar su procedencia y su destino. Un outlet se encuentra por otro lado frente a la playa. Venden perfumes, ron Abuelo, Chivas, Red Label y abundantes cartones de 24 cervezas Old Milwaukee. De ropa, camisetas mayoritariamente de tallas grandes con motivos recargados, lentejuelas, letras cursivas exageradas, sudaderas y relojes. Hombres se reúnen a beber y a escuchar vallenatos o en general música colombiana al frente de los negocios. Ni en Capurganá, Sapzurro, ni mucho menos La miel, reciben monedas de $50 pesos, por una razón desconocida para muchos habitantes.


Al finalizar la estadía en las playas de Acandí, y para quienes quieran regresarse en avioneta hasta Medellín, unos caballos prestan el servicio de taxi con sillas Rimax amarradas en la carreta.











viernes, 1 de abril de 2011

El puerto color marrón

                        Ámbito cultural
                 Crónica


A pesar de que el mar tenga el mismo sabor en todo el mundo, la mayoría de colombianos prefieren los destinos más conocidos. Una mirada a otro lugar a bajo costo no caería mal.
Marcela Ortiz Escobar  Enero 24 de 2011

En la capital del Valle, las mujeres negras caminaban imponentes, quizá a su sitio de trabajo, a dar un paseo o simplemente iban a las tiendas por un poco de arroz.  Dejando atrás la feria que se despidió con Piero, el cronograma decidió dar un giro inesperado.

El jueves 4 de enero Buenaventura esperaba. Desde Cali se sale hacia el norte cogiendo el camino ‘Vía al mar’.  La carretera no consta de doble calzada y delinea ambiciosamente el costado occidental del Valle.  Millares de tractores y camiones de carga pesada pasan casi abrazados a los carros particulares que parecieran personas al lado de King Kong.  

Algunos caleños y bogotanos advierten sobre la inseguridad del puerto, de los más enigmáticos de Sur América. A pesar de que eran las 9:00 am el sol picaba como de medio día. El rio ( ) corría seco entre su ancho camino, acompañando a los obreros e ingenieros que preparaban la ampliación de la carretera.  Pasados los cuatro túneles, el conductor, un valluno niche, bien vestido y con su camisa sin desapuntar anunció mientras señalaba: ‘si se inclinan bien, ahí pueden ver el mar’.  

Buenaventura empieza con la presencia de un hipermercado Éxito recién construido de dimensiones considerables.  El resto de las construcciones constan de casas sencillas de pintura pálida y desgastada,  no más de cuatro pisos, y uno que otro apartamento remodelado con balcón de barandas tipo barroco.  “Si te vas para allá, vos te darás cuenta que los que remodelan o tiene equipos de sonido que ayudan a sostener el techo, es porque se ganaron esas cosas por comisión de la mercancía que llega de Asia o a veces por torcidos”. 

En el terminal, una construcción de hace no menos de 30 años, un arrume de cubículos (flotas para Ipiales, Choçó, Tumaco, Cali, Jamundí, Armenia etc…) son atendidas por mujeres taciturnas que contestan a las preguntas con una serenidad que a veces pasa por desinterés. Más de un grupo de gente se acostumbra a jugar parqués al frente de los cubículos. Algunos apostaban dinero ($2.000 pesos, $5.000 pesos), se animaban y se reñían con palabras inentendibles como si pudieran detener los minutos y olvidar en horas laborales los problemas y las responsabilidades.  

Un muchacho de camisa polo y sandalias  “¿Para dónde van? Ustedes se ubican aquí? " Enseguida sacó de su bermuda un carnet amarillento y deteriorado de su labor de guía turística.  Gritos, sugerencias, ofrecimientos se empiezan a oír en el módulo de los ticketes para las islas aledañas.  Juan Chaco, Pianguita y La Bocana, son algunas de las islas más visitadas desde Buenaventura.  Andando hacia el puerto, José explicaba la distribución de la ciudad haciendo amplios ademanes con las manos.  Si no se le hubiera preguntado por La Galería, nunca nos la habría mencionado.  En Buenaventura, los habitantes tratan de ofrecerle al turista cosas similares a lo que podrían encontrar en el Atlántico, como esforzándose por estar a la altura, sin saber que su altura está en su rusticidad y la sencillez, en no encontrar confort.



Al llegar a un de los alojamientos de Hoteles Estelar, José aprovechó la ausencia momentánea de mi hermano “ese es tu novio? Ahh tu hermano.  Tu eres muy bonita, no se ahorita te doy mi correo y nos escribimos porque de verdá que si me gustaría seguir hablando contigo, para cuando vengas,  nos vemos”.  Dentro del hotel, el muchacho le habló a la recepcionista para permitirnos sacar fotos. La muchacha un tanto escéptica lo permitió. El Hotel Estación, una construcción original de mediados de los años 20, es el único sitio con caché de la ciudad.  Su piscina conserva un estilo ochentero propio de su última remodelación, bordes redondos y azules pálidos.    En dicha área familias adineradas o acomodadas bebían whisky, en otra mesa hablaban de negocios con relojes dorados en sus muñecas.


Una vez llegando al puerto con destino a la isla Pianguita ($12.000 pesos ida y vuelta por persona),  se divisaba en  la arena oscura  zapatos viejos, restos de objetos de balsas, un brazo de una muñeca, plásticos de piezas irreconocibles y el mar que llevaba en sí una marea calmada. Los trabajadores del puerto, jugaban dominó en las coloridas casuchas laterales del puerto (lugar de descanso para los trabajadores de las lanchas o los buques de carga o del mantenimiento del puerto). Una aglomeración de de personas atacaban a los turistas ofreciéndoles gaseosas, cervezas.  José que hasta el último minuto acompañó a los turistas, pidió de manera amistosa un billete más largo.  Al menos quince hombres coordinaban la subida a las lanchas. 

Una grupo de personas provenientes del extranjero sonreían mientras que esperaban su turno al igual que varias familias provenientes de pueblos del Valle.  Un hombre hizo un ofrecimiento de cervezas Poker que sacó de una nevera de icopor.  La vivéz del hombre del pacífico no es tan desarrollada como en otros destinos turísticos más acordes con la comodidad, mientras que una Póker puede costar $5.000 pesos en las playas de Cartagena, allí la cobraban a $2000 pesos, más económica que lo que cuesta en una tienda de barrio en Bogotá.

Una vez en la isla Pianguita, esperaba otra aglomeración de colaboradores que iban coordinando la hora de llegada de la lancha y cuántas personas se irían a subir en esa lancha de vuelta.  Todos hablaban al tiempo, unos tenían más autoridad que otros, pero pese a su seriedad, su amabilidad era tangible para los turistas. Pianguita es una isla curiosa.  La sensación es poder ser libre pero a la vez la sensación de poder ser vulnerado de alguna manera extraña.   

Las familias que gozaban de las pequeñas olas marrones, no prestaban demasiada atención a los demás turistas.  En vez de oírse acordeones en los bafles de los kioscos y restaurantes, se oían timbales salseros. El sol se esparcía generosamente por toda el área antecedido por una nube uniforme y delgada que hacia que nada se rostizara.   El pasatiempo de los niños eran las canicas, el de otros niños era vender las cocadas que sus madres hacían. Con atención se hablaban entre sí para planear por qué sitios pasarían a vender las cocadas sin terminar juntos en el mismo lugar. Sin insistencia, se ausentaban cuando las personas les decían ‘No, gracias’.  La playa no atestaba de gente, ni tampoco  se  avistaban  arribismos ni cachondeos.  Nisiquiera los dos gigantes buques que se divisaron desde la isla alertaron con ruido.



La pintura dominante para sus estructuras era similar a las casas san andresanas.  Los albergues eran hoteles con siete habitaciones, algunos eran construcciones de tres pisos. Las puertas de las pequeñas habitaciones se dejaban abiertas, por lo que se divisaban hombres o mujeres recostados con sus brazos o piernas colgando y observando a quienes los observaban de lejos sin alegar o sentirse intimidados. La noche se cobra a $40.000 pesos por persona, incluido el desayuno. En los restaurantes por un costo promedio de $20.000 y $30.000 mil pesos se disfruta de mariscos, arroz endiablado, camarones con panela helada como refresco y sopa de entrada. Los mismos que coordinan las lanchas trabajan en los restaurantes y así mismo prestan el servicio de guardar las maletas en el lugar sin costo alguno. 

En Buenavenura, se aprende a no tenerle asco a las arenas negras y si el mar se saborea, se confirma que su sabor es igual al de las playas blancas. Cuando la lancha nos devolvió al puerto el hombre que la tripulaba, mientras le suministraba combustible decía en voz alta y con una amplia sonrisa en su cara: “esta es como mi hija, yo se qué cantidad de gasolina necesita para que no me falle. Yo no necesito medidor, yo le he dicho a Juancho que ese combustible no le sirve a la de el, pero el no hizo caso y se le varó qué día. Es porque el no la considera algo suyo”.

De vuelta, en los muros llenos de muzgo que dividen la playa de tierra firme, unas madres se arrumaron con sus hijos para que estos pasaran la tarde tirandose al mar.  Algunos niños de no más de doce años hicieron clavados dando dos botes en el aire y rápidamente salían del agua para repetir el ejercicio. Sus madres, sus vestidos bien lavados y planchados, los miraban  sin sorpresa aparente con . Los hombres ya no estaban jugando dominó en las casuchas. El sol se despedía y el puerto se empezaba a tornar diferente. Las últimas lanchas salían y se devolvían con turistas a las 5:30 pm.

Durante el recorrido no se experimentó ningún hecho desagradable. Los ajustes de cuentas no estaban previstos por el destino o por los ‘duros’ para ese día.  El puerto marrón no es un campo de batalla constante, ni tampoco sus carreteras.  Por $200.000 pesos, los turistas que buscan diversión en una forma diferente pueden encontrarla por dos o más noches  sin esperar lo peor siempre.




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