miércoles, 7 de enero de 2015

Vivir en el trópico implica vivir las frutas




 Marzo 2014

La Plaza de Paloquemao es de los mercados de frutas, verduras, lácteos, pescados y carnes rojas más grandes y completos de Bogotá. En el local Ciro y Adela, venden el famoso y delicioso  melocotón de nombre reconocido y de vista desconocido; una deliciosa fruta alargada y grande de color rojo que a simple vista parece un embutido.

martes, 11 de marzo de 2014

La pérdida y la búsqueda

2012 

Hace ya varios meses conseguí un teclado inalambrico porque un par de teclas de mi laptop se dañaron. Usándolo, empecé a plantearme un par de cuestionamientos sobre la tecnología en relación al espacio. ¿Entre más moderna sea la tecnología, menos espacio ha de ocupar? ¿Si ocupa menos espacio, el control que ejercemos sobre ella es absoluto?

Hoy en día, estar al tanto de los efectos y resultados de los mensajes que consumimos y producimos implica tener una confianza en la herramienta y en el medio. Pero, por ejemplo, un botón que sirva para realizar tres funciones diferentes con el fin de ahorrar espacio en la pantalla podría romper los límites de esa confianza que le otorgamos al aparato.



El Walkman fue una revolución; fuera de la casa y en movimiento podíamos satisfacer gustos musicales personales a manera personal, esto implicó el uso comercial de los audífonos y tamaño pequeño. Este aparato solo tenía un propósito, que toda nuestra atención con este no se desbordara del tema musical y, se sabía que si caprichosamente adelantabamos canción por canción la pila se acababa más rápido. Muchos preferían entones dejar sonar todo el casete. Se puede decir que teníamos control absoluto sobre la música (la llevábamos con nosotros y grabábamos en el caset lo que queríamos) y la herramienta, a su vez, tenía control sobre nosotros. 

La necesidad de simplificación fue reto para todas las industrias de electrodomésticos, pero ese afán distorsionó el significado que le dábamos a las cosas. Cuando antes sólo podíamos reproducir por mucho veinte canciones en el caset, hoy en día creemos que tenemos el control absoluto de 2000 canciones y a la vez el control del mundo virtual, es decir, la lucha por la visibilidad y el deseo de consumir lo que se comparte en la red. Confundimos rapidez con consumo. Hoy en día por mucho se llega a escuchar dos canciones completas, por lo demás, existe ansiedad tecnológica: saltamos todas las canciones rápido por el afán de aprovechar las 2000 canciones que se tienen en 'poder'. La herramienta empezó entonces a confundirse con el mensaje o el contenido.


Queremos ejercer el control de un universo virtual y a la vez el control de una herramienta con múltiples funciones (smartphone) en esa lucha de la que no estamos conscientes de la lucha. Al sentir que se tiene el control (que implica afán) el contenido muere en el espacio virtual y queda perdido en la herramienta.





jueves, 15 de marzo de 2012

Catorce años metida en internet


Opinión

Ese día de 1999 le pedí $10.000 pesos a mi papá. Quería proseguir con lo que empecé en StarMedia, pero esta vez, aparte de seguir hablando con gente de otros países y llamarlos a escondidas a sus teléfonos fijos desde mi casa (para comprobar que eran reales), quería explorar las otras posibilidades que ofrecían las páginas con Chat.

En Hacienda Santa Bárbara, cerca a la plazoleta de comidas, quedaba uno de los primeros café internet que conocí. En la puerta estaba el letrerito “10.000 pesos hora, 5.000 pesos 1/2 hora'. Por esas épocas, MTV era mi compinche de la casa (cuando veía videos musicales, no realities) y siempre esperaba a que transmitieran el comercial de loquesea.com, web venezolana fundada en 1997.

Para comprender por qué sentía tanto apasionamiento por un unas palabras en amarillo sin que el comercial nunca me haya dejado claro el propósito de la página, empecé a pensar por estos días en las épocas en las que veía dibujos animados. La experiencia con la televisión fue sencilla para mi, ya que me limitaba a recibir o a consumir imágenes de manera unidireccional. Los códigos que tenia que manejar para comprender los programas se descifraban con solo observar sin hacerse preguntas al respecto.

Con la pantalla de el computador esa tarde en Hacienda, traté de descifrar la barra buscadora sin ningún éxito, ya que no bastaba con reconocerla, sino que había que ubicar con exactitud los puntos y entender que las palabras sin espacio entre si eran una regla de internet. Me fue más extraño aun comprender que el arroba se trataba de una cuenta personal para acceder a una página que manejara correo y cuáles eran los lugares que necesitaban ser buscados a partir de www.. Pero, una vez logré ingresar a loquesea.com, duré otros veinte minutos en comprender la diferencia entre Nombre de usuario y el correo electrónico. Una vez comprendido, no pude registrarme porque no entendía los pasos. Esos espacios en blanco me estaban produciendo una incertidumbre que lo que generaba no era cansancio y deseos de irse, sino que me generaba más y más apego ante un escenario imposible para mi mente.

Con la pantalla haciendo la cuenta regresiva de los minutos, ya había empezado a experimentar la paradoja del internet en esa época, estaba sola tratando de comprender algo creado por gente y visitado y alimentado por gente pero sin que se pudiera ver ni mucho menos tocar a esa gente, ni pedirles ayuda. No cuestioné la ausencia física de las personas pero subestimé mis capacidades sin antes comprender de qué se trataba todo esa plataforma.

No podemos decir que entonces pasaba lo mismo con el teléfono donde no había presencia corporal. Para mi concepción, las charlas por teléfono eran para hacer un balance de lo que pasó ese día o el día anterior o para planear o para acordar encuentros. Adicional a lo anterior, era un recurso que usábamos cuando en esos momentos no cabía la posibilidad de verse con el otro y si se trataba de las tragas que uno tenia, que usaban el teléfono para no poner la cara, igual sabían que tarde o temprano tenían que ponernos la cara porque no había de otra.

Cuando a mi me hablaban de acceder a un lugar, sabia que lo que había que hacer era entrar por una puerta o lo que se le pareciera y ser participe directa o indirectamente de lo que ofrecía el lugar. Las puertas de una página web no estaban en la pantalla como tal, estaban en la información, concepto entendido como suma de datos para llevar a otros “lugares” en el espacio virtual.

Entregué el billete de 10.000 pesos sin haber pronunciado en toda la hora palabra alguna con los dueños del local, ni siquiera para pedir ayuda. Creo que mi vergüenza y temor significaban sólo una cosa: que había disposición para pertenecer a una vida que me daría la oportunidad de extender a la realidad mis deseos inmediatos sin tener que pasar por el contacto físico inicial, ni tener que adiestrar el lenguaje corporal, las energías y el sonido de las palabras para agradarle a alguien. Internet no se trataba de otro pasatiempo más, se trató de la llegada de otro mundo. Creo que nadie estaba preparado para eso ni para sus efectos.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Reconstrucciones y orinales democráticos



 “¿Tu sabes cómo se hace llamar este lugar? La casa de las momias!“ “ó el club prostático!”.  Se soltó la siguiente carcajada mientras se bebían las Coca Colas y el tinto los amigos de la infancia


Lo que inició la chispa fue hablar de un pasado. Muchos acuden para encontrar tímidamente a quienes puedan recordar lo mismo que ellos y hacer posible la felicidad que buscan. Es un café donde muchos van a reconstruir más que a perecer.

Álvaro, hombre de buenos modales, de más de 60 años esperaba inclinado a que el embolador acabara de brillar sus zapatos. “Aquí casi todos somos abogados por aquello de la tradición de que los juzgados estén ubicados en el centro y en Palo Quemao. Un ingeniero está ocupado en sus obras o fuera de la ciudad, un médico en su turno…Curiosamente también este café tiene los orinales abiertos a todo el que entre solo para eso. No he sabido por qué no cobran los dueños”. Lo último lo anotó a propósito de un anciano de muy avanzada edad con traje de celador de los ochenta (café) y medallas navales que entra todos los días al lugar a vaciar su vejiga.

José no había apartado de sus piernas el maletín negro de cuerina y sus ojos oscuros y brillantes hacían juego con su bléiser verde zapote. Pese a que Álvaro estaba en la mesa siguiente, estos dos no se percataban de la presencia mutua. José llevaba su Coca Cola 350 mlt a la mitad y Álvaro estaba empezando su tinto servido en pocillo de Café de Colombia. Una vez que el embolador se fue, quedó espacio libre para que se vieran mejor los señores y tampoco fue posible que aclararan su memoria.

Álvaro señaló con discreción a un muchacho que acababa de ingresar. De unos 30 años, con chaqueta deportiva y cachucha ingresó a los orinales mientras que daba insistentes miradas alrededor. Luego se dirigió a la barra a saludar amistosamente a una empleada  con un lunar arriba de la boca que servía los tintos en la greca modelo 56 de tres grifos. Mientras que conversaba con ella, seguía mirando a su alrededor y luego se sentó en una mesa a encontrarse con otro compañero de su edad, prosiguiendo con la misma cacería que hacían sus ojos.

 “Dicen las lenguas que este café sirve también de encuentro para homosexuales. Ese muchacho viene muy seguido aquí.. Muchas veces cuando algunos hombres llegan a cierta edad avanzada sus instintos sexuales se tuercen por decirlo así, entonces aquí se conforman unas parejas de un viejo que es el homosexual por llamarlo así y su parejo que va a ser un hombre de menor edad que el.  Una vez un señor, se me acercó y me preguntó que si se podía sentar. Pues yo por supuesto ya berraco,  le dije que no, que gracias. Entonces, ese muchacho que te señalo, le gusta conocer muchos señores  aquí, a mi no se ha acercado, pero si lo he visto”.  Los meseros, sin hacer preguntas ni oponerse, hacen envíos de bebidas a otros señores de parte de otros.


Dando clausura al tema homosexual, ingresó al lugar un señor de vestido gris y aspecto avivado.  Álvaro lo llamó con alegría: “Jairo!” y Jairo se acercó saludando primero a José. Álvaro con más alegría y curiosidad dijo: “ Yo ya se dónde se conocieron ustedes dos, en el San Fernando??” “Si se acuerda del hombre?” “Claro” “Pero yo no estudié en el San Fernando. Se acuerda de las 'cadenas y el automático'?” “jajaja, si, esas eran las de la época”  “Se acuerda de don Blass?....”.

Un hombre solo que estaba en la mesa de atrás, tomaba en silencio su tinto, según Álvaro, día tras día se ubica en ese espacio y no se pone de pie sino hasta pasadas 3 horas. Felipe Pirela que sonaba de fondo, hacia juego quizá para el pero no para el feliz encuentro de los amigos.  “Se acuerdan de los Lozano? Los de la droguería Su锓Si, en la avenida sexta. Por donde quedaba el teatro.  “y si se acuerdan de Hugo Ospina? Está pensionado, es ingeniero electrónico”. “Yo a veces voy a las Cruces, pero esa calle ya está vuelta una olla” “Es que en la época en que nosotros estudiábamos era un barrio común y corriente y hasta buenas familias” “Habían muchachos chéveres, muy modernos. Con autos y mujeres”.  “Yo conocí el barrio Santa Fé, cuando era un buen barrio. “Sí, gente buena, y también donde estaban todas las queridas (risas)”. “Es que señorita, antiguamente, las mujeres que atendían los cafés eran hermosas, pero eran prostitutas paralelamente, y uno le tenía que pagar un monto al dueño del café, en aquella época unos 10 pesos, si uno se quería ir con ella por la noche”.

En el oscuro café, los viejos conocidos reconstruyeron cada calle, establecimiento y cada persona sin saber incluso si algunos la vida se les acabó o no. José que estando en la mesa solo parecía uraño y mezquino, se transformó al encontrar los constructores de su felicidad, lo mismo para los otros dos. El muchacho joven presuntamente homosexual no había logrado engancharse con nadie. Una vez fuera del lugar y tras haber estrechado la mano de los amables hombres, de nuevo se vió el sol de las 2 pm y el caos contemporáneo. Un reggaetón que se oía a lo lejos mató lo que había vivido un par de horas antes.